viernes, 16 de octubre de 2015

El Kamikaze

Mi hijo nacerá en noviembre, meditó Itatsu, mientras sus dedos tocaban, con una nostalgia adelantada, la alargada estructura del timón del avión. De su sien, empezaron a salir pequeñas gotas de sudor que evidenciaban el impacto que causaba en su cuerpo la responsabilidad del temerario acto kamikaze. Un húmedo viento rozó inesperadamente su rostro, septiembre estaba cerca y con él, el cumpleaños de Asahi, su esposa.
Cuando el miedo logró desconcentrarlo comenzó cantar el “Nam-myoho-renge-kyo” que invocó tantas veces con falsas justificaciones. Contrario a la tradición, siempre lo hizo colocando su mano derecha sobre su pecho, como si cantara el himno nacional de algún país espiritual. De pronto, un extraño bulto lo alarmó - ¡La carta! – grito interrumpiendo su mantra con un insolente alarido. El sudor de su sien se transformó en cortos tiritones que nacían en sus hombros y movilizaban todo su cuerpo. El Yokosuka MXY- 7 se desestabilizó unos segundos, mientras miraba impávido las aún libres praderas por las cuales daría su vida en unos minutos más.
Mi pequeño hijo nunca leerá los consejos que escribí, pensó Itatsu, odiando por unos segundos el silencioso rollo de papel que descansaba en su bolsillo. A pesar de todo, su puño apretó con firmeza el timón y el “Nam-myoho-renge-kyo” se volvió a sentir en la estrecha cabina del avión.
El buque enemigo todavía no se presentaba a la batalla cuando un nuevo tiritón sacudió la nave, pero esta vez no provenía del cuerpo de Itatsu. El motor del avión suicida había decidido fallar antes de chocar con la embarcación, y se vio forzado a regresar a la unidad. El mantra había dado resultado y el destino le tenía una segunda oportunidad. 

La Francotiradora

Debí haberme ido cuando pude, hace diez años atrás, cuando la cordura me hubiese impedido encaramarme hasta estas vigas para apuntarle a la cabeza. Un paso en falso me hace tambalear, pero los años de oficio impiden que de mis movimientos salga algún sonido. Me acomodo entre los focos mientras observo al mar de inocentes que respira debajo de mí.
Apunto al azar, a cualquier objetivo, mi víctima se esconde entre el hedor a viejo fermentado que hay en el teatro, todavía no la puedo reconocer, mientras tanto, me divierto sentenciando a cualquier valiente que sea capaz de soportar dos horas de ópera.
De fondo puedo divisar a un matrimonio, se toman de las manos, el hombre tiene una marca de labial que no ha advertido en su mejilla, sonríen al ver el programa, tal vez es la obra número cien que van a ver juntos… y quizás tengan cinco hijos y doce nietos con los que almuerzan cada semana, eso sí, nunca los pueden juntar a todos al mismo tiempo, se ven felices, sería bonito que los dos murieran hoy, así no tendrían que llorar la falta del otro y finalmente podrían reunir a toda su familia.
El polvo golpea mi cara cada vez que respiro, cuando es mucho, me sofoco con mis manos hasta que el hormigueo cede, intento concentrarme pero el olor de la tierra y el retumbar de los contrabajos ensayando me hace flaquear, apunto hacia ellos unos minutos e imagino disparando hacia sus manos para callarlos, por suerte a uno de ellos se le rompe el arco. Javier, tramoya y cómplice, señala con su mano un balcón de enfrente, ahí estaba Rafaela, su nariz prominente no pasaba desapercibida, por más que intentara que compitiera con su peinado.   
No sé mucho de ella, salvo que es la hija bastarda de un poderoso y que está causando problemas, no me importa si mañana tiene que hacer un trámite, si dejó las puertas con llave o si hay alguien que la espera al llegar a casa, y para ser sincera, la odio antes de conocerla y no por algo personal, así es este trabajo, prefiero sentir odio antes que no sentir nada.
Me coloco en posición de ataque, enfoco con mis ojos, estoy lista, pero una parte de mi desearía que alguien me descubriese, me detuviera, me tirara por estas vigas y acabara con todo para así poder tener una excusa y no decir que simplemente soy una cobarde por no salirme de este círculo, pero nadie te hace esos favores.
Miro al fondo y veo al matrimonio de cinco hijos y doce nietos murmurando, están bebiendo algo a escondidas, tomo el rifle y los apunto, quiero verlos mejor, la mujer está manchada con vino y su marido intenta limpiarla en vano, sus manos chocan torpes por el movimiento de sus risas, no los puedo escuchar, intento imaginar cómo es ese sonido. El hombre todavía no se da cuenta que tiene labial en su mejilla, No puedo evitarlo y sonrío.


Un acomodador del teatro bota los últimos programas de la noche al basurero. La gente comienza a guardar silencio. Javier atenúa las luces mientras “El Holandés Errante” sale a escena. Decido dejar mi rifle a un lado, la función va a comenzar. 

Desde el incendio

(Basado en ejercio John Cheever)

Quizás te parezca raro, pero me gusta hacerte enojar. No sabes la felicidad que siente mi alma cuando miro tu rostro descompuesto, enrojecido por la ira, y es que la paciencia nunca ha sido una de tus características, lo sé muy bien. Cuando te irritas, tus ojos parecen salir de sus cuencas, te cuesta trabajo pestañear y eso hace que una pequeña lágrima se asome solitaria, ¡No sabes lo hermoso que te ves! Tiritas, mientras tu ceño se frunce y tu sangre hierve, puedo sentirlo, porque yo también hiervo por dentro, y lo mejor de todo, es que nunca te has dado cuenta que siempre he sido yo.
¿Te acuerdas cuando perdiste en un año cinco veces las llaves del departamento? ¡Fui yo quien las escondía de ti!, o cuando los tallarines, tu única especialidad, te quedaban mágicamente dulces, era yo la que cambiaba la sal por el azúcar. La que nunca fallaba era cuando se te olvidaba el maletín en casa, ni te percatabas cuando me escabullía en el auto para sacarlo del maletero antes de que te fueras, siempre tenías que devolverte y hacer doble viaje, aunque debes reconocer también, que en más de una ocasión fui a dejártelo a la oficina. Confundías las citas con el doctor, tus contactos del celular se borraban inesperadamente, o peor aún, el celular se te perdía, ¿pero quién te regalaba uno nuevo? Siempre he estado ahí para ti, lo sabes bien, a tu lado, apagando cada incendio, salvándote en silencio, fiel, y es que en el fondo sabes que no puedes vivir sin mí.
Nuestras horas transcurrían entre tu ira y mis risas. Me encantaba tu torpeza, tu inocencia, eras como un niño al que debía cuidar, amar, proteger y mi alma era infinita, siempre daba abasto para tus necesidades. No movías un dedo sin que yo lo supiera, éramos confidentes, compañeros y a mí, tan solo tu presencia me bastaba para ser feliz. El solo sentir tu respiración en mi oreja cada noche me daba vida, me hacía pensar de qué modo podía hacer que esto durara por siempre.
Las bromas se hicieron tan constantes que pronto comenzaste a creer en tu mala suerte, y no tan solo tú, sino que todos nuestros familiares y amigos, después de un tiempo ya no era necesario que planeara algo para dejarte en evidencia, ahora te culpaban por todo, quizás fue en ese momento cuando todo se desvaneció.
Sandra se llamaba, ¿verdad? La del 401, la ruidosa, fiestera que le gusta vivir en concubinato, la que camina con zapatos de fierro, ¿cuándo fue que te interesaste por ella? En qué momento preferiste su compañía a la mía, crees que no me di cuenta cuando te comenzaste a ausentar sin salir del edificio, cuando no era con tus amigos con los que pasabas algunas tardes, siempre has sido torpe, recuerda que yo te enseñé a serlo.

Ahora estas arriba, puedo escuchar como caminan con descaro sobre mi cabeza, siento nauseas de tan solo imaginar lo que haces a escondidas de mi, con ella, y no sé por qué, si siempre intenté cumplir todos tus deseos ¿qué falto?... pero quiero que sepas que te perdono. 
Transformaré mi ira en fuego y quemaré este edificio maldito para que podamos recomenzar otra vez. Esperaré a que el fuego se manifieste y subiré a salvarte, como siempre.  

El Klanton

Temprano en la mañana Jonás se dirigió al gallinero, quería agasajar a su familia y unos huevos revueltos parecían un buen plan para el desayuno del fin de semana. Caminó por la granja con el paso firme, auqnue la preocupación invadía sus pensamientos. Hace cuatro días se encontraba con el mismo escenario: cuatro pollos desmembrados y reventados en una de las esquinas del gallinero. Jonás había guardado el secreto junto a Sandra, su esposa, ninguno quería que sus hijos, de seis y ocho años, se asustaran con la situación.
            Al llegar al gallinero Jonás abrió la puerta y como era de esperar, cuatro pollos yacían desmembrados en una de las esquinas. Se acercó entre repulsivos tiritones y observó a las criaturas: sus ojos estaban entreabiertos, se podía ver sus pupilas y algunos tenían las patas empuñadas como si se hubiesen resistido a la agresión, sus vísceras esparcidas y mutiladas por el suelo hacían imposible distinguir al corazón de los intestinos. Algo atormentaba a los pollos de su granja y debía descubrirlo.
            Tomó los trozos de cadáveres con cuidado y los puso en una bolsa de plástico. Los enterró afuera del gallinero bajo una tupida trenza de espinas, lo que menos quería era que algún animal perturbara el descanso de los desafortunados pollos.
— ¿Y los huevos?— preguntó Sandra cuando Jonás entró a la cocina.
— Mejor preparemos otra cosa— le dijo mientras caminaba con apuro hacia el baño para lavarse las manos.
— ¿Encontraste más? ­
― Sí ―
― ¿Y las trampas?
― Están intactas
Sandra tomó una toalla y secó las manos de Jonás ―Al final no era la gata Sofía― dijo aliviada.
―Parece que no… Esta noche tengo pensado vigilar el gallinero
― ¿En el día no pasa nada, verdad?
― Ayer estuve pendiente y hasta última hora no había nada ­
―Entonces yo también iré ―
― ¡NOO! tú quédate cuidando a los niños ¿qué pasa si esa cosa entra a la casa? No sabemos lo que es.
― ¡No seas exagerado! Lo más probable es que sea algún animal que no es de la granja ¿Qué es lo que piensas, qué es un monstruo? ― dijo con una carcajada burlona.
― No te rías, ¿Acaso no viste a los pollos? Si hubiera sido un animal cualquiera las gallinas habrían cacareado, las trampas habrían funcionado o qué se yo―
― ¿Entonces crees que es una persona? ¿Alguien que nos quiere asustar? ¿Un enemigo?―
Ambos saltaron del susto, Manuel el hijo menor, los interrumpió en busca de su desayuno. Sandra lo tomó de la mano y  lo llevó hasta la cocina con rapidez.
― ¿Y Matías?―  le preguntó
― Parece que todavía está durmiendo―
Ese día el desayuno estuvo lejos de ser el que había planeado Jonás. El día nublado los obligó a encender las luces de la cocina, era fácil olvidar que todavía no eran ni las once de la mañana. Incluso los niños guardaban un inquietante silencio al no poder entender porqué sus padres miraban con obsesión por la ventana.
Ese día Jonás y Sandra se prepararon. Acordaron hacer un relevo cada tres horas, cargaron la escopeta con balas, por si las cosas se salían de control, y acostaron a los niños más temprano, sin el ritual de la película del sábado.
― ¿Por qué tenemos que acostarnos más temprano? ¿Dónde está la gata Sofía? Desde ayer que no la veo, ¿la mataron?― preguntó insistente Matías.
― ¿La mataron? ¿De dónde sacaste eso? La gata Sofía está atrapando a… El Klanton― le dijo Sandra un poco dubitativa de su invención.
― ¡Qué cosa!― le gritó Jonás
―El Klanton es un ser sin alma, un no humano que ataca por maldad…. en los campos, y los gatos son los únicos que los pueden derrotar, por eso la gata Sofía se fue, porque está luchando conta él―
― ¿Y por qué ataca? ¿No la vamos a ir a ayudar?― respondió Manuel sorprendido
―Ustedes la van a ayudar si se acuestan temprano ¡Ya, a dormir! ― Finalizó con unos aplausos.
            El primer turno lo hizo Jonás. Se colocó su polar negro, tomó un termo con café, la escopeta y se parapetó con unas mantas detrás de unos arbustos de moras que quedaban frente a la puerta del gallinero. También llevó unos binoculares para tener una mejor visión.  A ratos se sentía ridículo con una escopeta apuntando al gallinero, no parecía que tuviera cuarenta y dos años. Pensó en lo mucho que estaba odiando la vida de campo y en la gata Sofía, que injustos habían sido por sospechar de ella e ir a dejarla donde su madre.
 Cuatro horas más tarde, el sueño los venció. Sandra, que hacía la vigilia desde el living, había sucumbido en el sillón. El frío de los leños ya consumidos despertó a Sandra que, entre tropezones, corrió hacia los arbustos con velocidad.  
― ¡Jonás, Nos quedamos dormidos!―
Asustados miraron al gallinero.  Jonás se puso los binoculares para observar mejor, todo parecía normal, hasta que el sonido de unas tablas los alertó, venía desde el gallinero.

―Quizás son solos las gallinas moviéndose― le dijo Sandra en un susurro a Jonás.
Avanzaron lento, abrazados y con las rodillas un poco dobladas. Sus respiraciones eran profundas. Sandra tomó un palo con la mano derecha y con la otra sostenía la linterna por sobre el hombro de Jonás, quien apuntaba con la escopeta, listo para el ataque.
Entro los dos colocaron sus manos sobre la puerta y la abrieron. Sandra encendió la linterna e iluminó el lugar, lo que provocó un estruendoso cacareo de las aves. Ambos quedaron en shock. Matías, su hijo mayor, sostenía a uno de los pollos desde el cogote, la pequeña ave aleteaba y movía sus patas con desesperación, intentaba en vano respirar. Al verlos, Matías apretó con más fuerza y logró desprender el cuerpo de la cabeza.

El tiempo se detuvo intentando congelar con perversa inocencia aquel momento. Jonás y Sandra estaban pasmados, su propio hijo era el Klanton.