(Basado en ejercio John Cheever)
Quizás te parezca raro, pero me gusta hacerte enojar.
No sabes la felicidad que siente mi alma cuando miro tu rostro descompuesto, enrojecido
por la ira, y es que la paciencia nunca ha sido una de tus características, lo
sé muy bien. Cuando te irritas, tus ojos parecen salir de sus cuencas, te
cuesta trabajo pestañear y eso hace que una pequeña lágrima se asome solitaria,
¡No sabes lo hermoso que te ves! Tiritas, mientras tu ceño se frunce y tu
sangre hierve, puedo sentirlo, porque yo también hiervo por dentro, y lo mejor
de todo, es que nunca te has dado cuenta que siempre he sido yo.
¿Te acuerdas cuando perdiste en un año cinco veces las
llaves del departamento? ¡Fui yo quien las escondía de ti!, o cuando los
tallarines, tu única especialidad, te quedaban mágicamente dulces, era yo la
que cambiaba la sal por el azúcar. La que nunca fallaba era cuando se te olvidaba
el maletín en casa, ni te percatabas cuando me escabullía en el auto para
sacarlo del maletero antes de que te fueras, siempre tenías que devolverte y
hacer doble viaje, aunque debes reconocer también, que en más de una ocasión
fui a dejártelo a la oficina. Confundías las citas con el doctor, tus contactos
del celular se borraban inesperadamente, o peor aún, el celular se te perdía,
¿pero quién te regalaba uno nuevo? Siempre he estado ahí para ti, lo sabes bien,
a tu lado, apagando cada incendio, salvándote en silencio, fiel, y es que en el
fondo sabes que no puedes vivir sin mí.
Nuestras horas transcurrían entre tu ira y mis risas. Me
encantaba tu torpeza, tu inocencia, eras como un niño al que debía cuidar,
amar, proteger y mi alma era infinita, siempre daba abasto para tus
necesidades. No movías un dedo sin que yo lo supiera, éramos confidentes,
compañeros y a mí, tan solo tu presencia me bastaba para ser feliz. El solo sentir
tu respiración en mi oreja cada noche me daba vida, me hacía pensar de qué modo
podía hacer que esto durara por siempre.
Las bromas se hicieron tan constantes que pronto
comenzaste a creer en tu mala suerte, y no tan solo tú, sino que todos nuestros
familiares y amigos, después de un tiempo ya no era necesario que planeara algo
para dejarte en evidencia, ahora te culpaban por todo, quizás fue en ese
momento cuando todo se desvaneció.
Sandra se llamaba, ¿verdad? La del 401, la ruidosa,
fiestera que le gusta vivir en concubinato, la que camina con zapatos de fierro,
¿cuándo fue que te interesaste por ella? En qué momento preferiste su compañía
a la mía, crees que no me di cuenta cuando te comenzaste a ausentar sin salir
del edificio, cuando no era con tus amigos con los que pasabas algunas tardes,
siempre has sido torpe, recuerda que yo te enseñé a serlo.
Ahora estas arriba, puedo escuchar como caminan con
descaro sobre mi cabeza, siento nauseas de tan solo imaginar lo que haces a
escondidas de mi, con ella, y no sé por qué, si siempre intenté cumplir todos
tus deseos ¿qué falto?... pero quiero que sepas que te perdono.
Transformaré mi ira en fuego y quemaré este edificio maldito para que podamos recomenzar otra vez. Esperaré a que el fuego se manifieste y subiré a salvarte, como siempre.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario