Temprano
en la mañana Jonás se dirigió al gallinero, quería agasajar a su familia y unos
huevos revueltos parecían un buen plan para el desayuno del fin de semana.
Caminó por la granja con el paso firme, auqnue la preocupación invadía sus
pensamientos. Hace cuatro días se encontraba con el mismo escenario: cuatro pollos
desmembrados y reventados en una de las esquinas del gallinero. Jonás había
guardado el secreto junto a Sandra, su esposa, ninguno quería que sus hijos, de
seis y ocho años, se asustaran con la situación.
Al llegar al gallinero Jonás abrió
la puerta y como era de esperar, cuatro pollos yacían desmembrados en una de
las esquinas. Se acercó entre repulsivos tiritones y observó a las criaturas:
sus ojos estaban entreabiertos, se podía ver sus pupilas y algunos tenían las
patas empuñadas como si se hubiesen resistido a la agresión, sus vísceras esparcidas
y mutiladas por el suelo hacían imposible distinguir al corazón de los
intestinos. Algo atormentaba a los pollos de su granja y debía descubrirlo.
Tomó los trozos de cadáveres con
cuidado y los puso en una bolsa de plástico. Los enterró afuera del gallinero
bajo una tupida trenza de espinas, lo que menos quería era que algún animal
perturbara el descanso de los desafortunados pollos.
—
¿Y los huevos?— preguntó Sandra cuando Jonás entró a la cocina.
— Mejor preparemos otra
cosa— le dijo mientras caminaba con apuro hacia el baño para lavarse las manos.
—
¿Encontraste más?
― Sí ―
― ¿Y las trampas?
― Están intactas
Sandra tomó una toalla
y secó las manos de Jonás ―Al final no era la gata Sofía― dijo aliviada.
―Parece
que no… Esta noche tengo pensado vigilar el gallinero
―
¿En el día no pasa nada, verdad?
―
Ayer estuve pendiente y hasta última hora no había nada
―Entonces
yo también iré ―
―
¡NOO! tú quédate cuidando a los niños ¿qué pasa si esa cosa entra a la casa? No
sabemos lo que es.
―
¡No seas exagerado! Lo más probable es que sea algún animal que no es de la
granja ¿Qué es lo que piensas, qué es un monstruo? ― dijo con una carcajada
burlona.
―
No te rías, ¿Acaso no viste a los pollos? Si hubiera sido un animal cualquiera
las gallinas habrían cacareado, las trampas habrían funcionado o qué se yo―
―
¿Entonces crees que es una persona? ¿Alguien que nos quiere asustar? ¿Un
enemigo?―
Ambos
saltaron del susto, Manuel el hijo menor, los interrumpió en busca de su
desayuno. Sandra lo tomó de la mano y lo
llevó hasta la cocina con rapidez.
―
¿Y Matías?― le preguntó
―
Parece que todavía está durmiendo―
Ese
día el desayuno estuvo lejos de ser el que había planeado Jonás. El día nublado
los obligó a encender las luces de la cocina, era fácil olvidar que todavía no
eran ni las once de la mañana. Incluso los niños guardaban un inquietante silencio
al no poder entender porqué sus padres miraban con obsesión por la ventana.
Ese
día Jonás y Sandra se prepararon. Acordaron hacer un relevo cada tres horas,
cargaron la escopeta con balas, por si las cosas se salían de control, y acostaron
a los niños más temprano, sin el ritual de la película del sábado.
―
¿Por qué tenemos que acostarnos más temprano? ¿Dónde está la gata Sofía? Desde
ayer que no la veo, ¿la mataron?― preguntó insistente Matías.
―
¿La mataron? ¿De dónde sacaste eso? La gata Sofía está atrapando a… El Klanton―
le dijo Sandra un poco dubitativa de su invención.
―
¡Qué cosa!― le gritó Jonás
―El
Klanton es un ser sin alma, un no humano que ataca por maldad…. en los campos,
y los gatos son los únicos que los pueden derrotar, por eso la gata Sofía se
fue, porque está luchando conta él―
―
¿Y por qué ataca? ¿No la vamos a ir a ayudar?―
respondió Manuel sorprendido
―Ustedes la van a ayudar si se acuestan temprano ¡Ya,
a dormir! ― Finalizó con unos aplausos.
El primer turno lo hizo Jonás. Se
colocó su polar negro, tomó un termo con café, la escopeta y se parapetó con
unas mantas detrás de unos arbustos de moras que quedaban frente a la puerta
del gallinero. También llevó unos binoculares para tener una mejor visión. A ratos se sentía ridículo con una escopeta
apuntando al gallinero, no parecía que tuviera cuarenta y dos años. Pensó en lo
mucho que estaba odiando la vida de campo y en la gata Sofía, que injustos
habían sido por sospechar de ella e ir a dejarla donde su madre.
Cuatro horas más tarde, el sueño los venció.
Sandra, que hacía la vigilia desde el living, había sucumbido en el sillón. El
frío de los leños ya consumidos despertó a Sandra que, entre tropezones, corrió
hacia los arbustos con velocidad.
―
¡Jonás, Nos quedamos dormidos!―
Asustados
miraron al gallinero. Jonás se puso los
binoculares para observar mejor, todo parecía normal, hasta que el sonido de
unas tablas los alertó, venía desde el gallinero.
―Quizás
son solos las gallinas moviéndose― le dijo Sandra en un susurro a Jonás.
Avanzaron
lento, abrazados y con las rodillas un poco dobladas. Sus respiraciones eran
profundas. Sandra tomó un palo con la mano derecha y con la otra sostenía la
linterna por sobre el hombro de Jonás, quien apuntaba con la escopeta, listo
para el ataque.
Entro
los dos colocaron sus manos sobre la puerta y la abrieron. Sandra encendió la linterna
e iluminó el lugar, lo que provocó un estruendoso cacareo de las aves. Ambos
quedaron en shock. Matías, su hijo mayor, sostenía a uno de los pollos desde el
cogote, la pequeña ave aleteaba y movía sus patas con desesperación, intentaba
en vano respirar. Al verlos, Matías apretó con más fuerza y logró desprender el
cuerpo de la cabeza.
El
tiempo se detuvo intentando congelar con perversa inocencia aquel momento.
Jonás y Sandra estaban pasmados, su propio hijo era el Klanton.
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