Mi hijo nacerá en
noviembre, meditó Itatsu, mientras sus dedos tocaban, con una nostalgia adelantada, la alargada estructura del timón del avión. De su sien, empezaron a
salir pequeñas gotas de sudor que evidenciaban el impacto que causaba en su
cuerpo la responsabilidad del temerario acto kamikaze. Un húmedo viento rozó
inesperadamente su rostro, septiembre estaba cerca y con él, el cumpleaños de
Asahi, su esposa.
Cuando el miedo
logró desconcentrarlo comenzó cantar el “Nam-myoho-renge-kyo”
que invocó tantas veces con falsas justificaciones. Contrario a la
tradición, siempre lo hizo colocando su mano derecha sobre su pecho, como si
cantara el himno nacional de algún país espiritual. De pronto, un extraño bulto
lo alarmó - ¡La carta! – grito interrumpiendo su mantra con un insolente
alarido. El sudor de su sien se transformó en cortos tiritones que nacían en
sus hombros y movilizaban todo su cuerpo. El Yokosuka MXY- 7 se desestabilizó
unos segundos, mientras miraba impávido las aún libres praderas por las cuales
daría su vida en unos minutos más.
Mi pequeño hijo
nunca leerá los consejos que escribí, pensó Itatsu, odiando por unos segundos
el silencioso rollo de papel que descansaba en su bolsillo. A pesar de todo, su
puño apretó con firmeza el timón y el “Nam-myoho-renge-kyo”
se volvió a sentir en la estrecha cabina del avión.
El buque enemigo
todavía no se presentaba a la batalla cuando un nuevo tiritón sacudió la nave,
pero esta vez no provenía del cuerpo de Itatsu. El motor del avión suicida
había decidido fallar antes de chocar con la embarcación, y se vio forzado a
regresar a la unidad. El mantra había dado resultado y el destino le tenía una
segunda oportunidad.
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